sábado, 8 de octubre de 2016

Yo y mi profesión

Pienso que soy una persona que necesita plantearse continuamente el mundo, no hice filosofía con la finalidad de ser profesora, lo hice para buscarme a mí misma, como un cuidado de mí, la epimeleia. Nada me despertó realmente hasta que llegué al instituto  y vi cómo eran mis profesoras de ética y filosofía. Ellas despertaron con más fuerza en mí la curiosidad y el compromiso con la vida y la política. Es lo que yo quisiera despertar en los alumnos, para que ellos sientan entusiasmo y dejar una huella en su educación. Porque estamos comprometidos con el mundo, y no podemos ser meros autómatas ante las cosas que ocurren, y dejarnos llevar por la corriente, que es lo que normalmente observo y me frustra. Me gusta plantear interrogantes en clase, ponerles dilemas morales. La filosofía para mí no es un ejercicio intelectual fuera del mundo, es una forma de vida, y cuando yo la descubrí, a pesar de todas las dudas que he tenido por el camino, ya nunca me ha abandonado. He tenido dudas en cuanto a las salidas laborales que me ha proporcionado, me he sentido sin una utilidad real social, he sentido que el ejercicio filosófico en sí escapaba a mi capacidad discursiva real, hasta he dudado de si debí haberme dedicado a otras cosas, porque también hay otras disciplinas que me han llamado, como el arte, el teatro, la poesía, la psicología, etc, y durante un tiempo pensé que la filosofía no respondería a mis verdaderas y que, incluso, lo que hacía era complicar mi camino entre tanta duda, pues de por sí soy una persona que duda bastante y al final mi camino se dispersa y he pensado si no sería mejor ser más simple. Incluso creí que mi mente cada vez se alejaba más de mis emociones porque las rechazaba. Los prejuicios de la filosofía con la psicología también me molestaban porque era mi otra opción de estudio en su día. Como decía, al disfrutar también de otras disciplinas, y también por necesitar una reciprocidad en mis clases (no creo en las clases magistrales, aunque puede que en parte sea también porque no me veo aún con la sabiduría suficiente para poder hacer eso) lo que hacía era integrar en ellas el teatro, leíamos obras de teatro en clase (las moscas de sartre, historia del zoo de albee) para poder plantear temas éticos, así como capítulos de controvertidas series como black mirror, y películas como Her, que muestran un futuro completamente tecnificado. Me encanta ser una profesora dinámica y sentir que ellos disfrutan en mis clases, que ese día yo he aportado algo en sus vidas que les servirá (o no) en el futuro. No soy de contar chistes pero sí de bromear y de intentar que todo sea divertido. A veces he sentido que no consigo empatizar del todo con algunos alumnos, los que de alguna forma me han desafiado, claro; de alguna forma es posible que me sintiera amenazada y automáticamente en ocasiones me he puesto a la defensiva, porque no soporto la mala educación gratuita y la negatividad sistemática ante cualquier tema o actividad que propongo. supongo que por el hecho de que yo procuro ir siempre con la mejor intención y me ha dolido que no se valore, así que he de aprender a gestionar eso, tanto como el hecho de ponerme dura cuando he de hacerlo. A veces huyo del conflicto y he consentido actitudes o le he restado importancia cuando en realidad me hacía sentir mal. Por lo que he de trabajar la firmeza. A veces me he preguntado si realmente merece la pena ser profesora, cuando he visto que incluso en el ámbito del profesorado la filosofía no se valora, pues en más de una ocasión (yo sólo he trabajado en centros concertados) el pensamiento empresarial de esos centros ha optado por dejarme fuera y poner a otro profesor cuya especialidad era otra a dar mis asignaturas para ahorrar el irrisorio sueldo que ganaba yo, por mis escasas horas de filosofía. He sentido que esa no era la vida auténtica de la que tanto hablaron Sartre y Kierkegaard. Dada la fama de la filosofía entre los jóvenes (y algunos de los no tan jóvenes) y su predisposición a ella, me he esforzado constantemente por hacer de ella una asignatura bella divertida e interesante, usando para ello a menudo el recurso del diálogo y, como ya dije antes, el cine, el teatro y las series. Sin ir más lejos, si no me hubiese quedado en paro, me hubiese encantado ponerles a mis alumnos (o mandárselo como "deberes") ver la serie Merlí, de un profesor de filosofía, donde se mezcla ésta con la vida y visión de los adolescentes, y su profesor. En definitiva, me considero una persona bastante sensible, inquieta y curiosa. Con mucho que explorar y aprender todavía.

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