lunes, 10 de julio de 2017

Mi Casa

Era una poderosa noche de verano. El aire fresco entraba desde la ventana, haciendo que el pelo mojado tras una ducha refrescante rozara con suavidad su piel. Se sentía bien. El día comenzó tranquilo, meditativo y solitario; pero después la calma se vio vencia por la batalla diaria, sin querer llorar en la consulta pero sin poder evitarlo. Y hete aquí, la vida puede ser una aventura. Con lazos antiguos y música lejana. La voz que escucha, que entiende, que libera. Donde puedes sentirte de nuevo como en casa. Mi casa. Esa casa que poco a poco voy construyendo sin darme cuenta. Con esfuerzo y sudor. Con esta gratitud inmensa que invade el corazón. Volveremos a soñar.

Abrazar al mundo

Tras una tormenta de luz, abrumada por una ceguera blanca como al de saramago, no podía caminar. La selva amazónica de las miradas ajenas perpetraba en mí la sensación de que fuera había un mundo hostil del que era mejor refugiarse desde dentro. Siempre preferí la mano amiga, la cara conocida, pero la tormenta continuaba y yo debía obligarme a salir. Recordé su voz al otro lado del teléfono, esa voz sosegada; aquella que no conoce más que el lado bello de la vida y todo lo que produce es de ese lado.Yo sólo deseaba poder entrar en esa mirada y ser partícipe, huyendo así de todo quello que no me gustaba. Él me instaba desde su ingenuidad a abrir esa puerta, que tanto me atraía pero de la que me resistía porque no sabía lo que iba a encontrar dentro.
No puedo decir con exactitud lo que obtuve al abrirla. Pero fui cauta. Me vestí con mis mejores galas, dispuesta a asumir el lado bueno de las cloacas. Y no es casualidad que diga esto, es que el lugar al que llegué era oscuro, maloliente, invadido por risas estridentes y de alcohol barato. Me dolía el pecho, pero me obligué a seguir por ese laberinto. Y sí, era cierto. En él también encontré una mano amiga, mil manos amigas, de esas que vienen aunque no sea para quedarse. Me embebí de una risa contagiosa, de un interés mutuo por compartir mundos para-lelos. Vi a un ser atrayente, vestido de blanco, a lo ibicenco. Y él mismo me dijo que más de una vez le habían llamado Jesucristo. Y claro, ahí se desató mi recuerdo. Ortega y Gasset explicando que las Salomés buscan a un hombre de ideas, un "homo religius". Me convertí en Salomé por una noche, sin quererlo; sin buscarlo. Le expliqué que ella es la presa que se lanza sobre la fiera. E, igual que ella, no pude poseerlo, aunque yo no me quedé con su cabeza. Pero entendí que, en medio de esa tormenta de luces, de sombras y de ideas, ese homo religius no era el fin, ni el final de la historia.  Más bien me dije que fuera hay mil historias que esperan a que yo les de forma; que el ansia que me invade puede abrazar al mundo, a ese mundo inesperado y en ocasiones cruel que hay fuera. Las lágrimas afloran en mis ojos de forma constante; son estos cambios y el puro devenir al que me resisto en forma de erizo. Pero ya no quiero ser un erizo